Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

sábado, 3 de enero de 2015

Isolde de noche...

Sé cómo he llegado hasta aquí. Llegué por qué quise, sin habérmelo pensando demasiado. Un encuentro de esos casuales que acaban en un revolcón después de unas horas de conversación y de algún que otro trago que no llega a nublar el pensamiento. Pero lo que no imaginé es que acabaría en el piso de arriba, en el piso justo encima del mío. Dos metros y pico para abajo, y mi cama. Vacía.

Sí, hace ya unos meses que Sergio lo dejó: Una ciudad nueva por un nuevo destino profesional. Apenas me dijo adiós. Vale que habían sido unos pocos revolcones aunque sí lo suficientemente buenos como para ser agradecido y, además, vecinos.

Estaba a punto de amanecer. Las sombras se iban haciendo claridad y, entre ellas, la silueta de un hombre del que tan apenas sé su nombre y cuatro datos más. Y sí, está bueno. Es lo que más claro tengo. Que me pone y que me mola su uniforme. Siempre me han gustado los uniformes y el de él... ¡Uffff...!
Cuando lo vi por priemra vez, de espalda, con ese culo prieto y esa espalda en plan armario ropero... Creo que en ese mismo instante, se mojarron mis bragas.
¡Dios, si es que un clavo con otro clavo se saca! Y es verdad.
Tal vez no sea el chico más guapo del mundo, aunque no hay que menospreciar su físico, por favor. Tampoco importa, porque tiene otros atractivos: su labia, su sonrisa... Y lo que se intuía y que no me ha desencantado: su mando entre las piernas y los malabares de sus manos. Tristán, su nombre.

Su cuerpo, desnudo. El mío atrapado en esa desnudez, en una lazada de sus brazos y en la media cruz de sus piernas. Pecho contra espalda, eso que se llama “la cucharita”. No es tan incómoda. A mí me encanta, sobre todo si soy yo quién agarra.

Y me buscó. Despierta, tenté  la respiración que no me descubriera. No quería responderle de inmediato. Me apetecía que me tocará, que me acariciara, que rompiera esa subliminal quietud que me embriagaba y que me tenía como atontada.
Su aliento en mi nuca y su mano bajando sobre mi vientre, sin dudar pero pausadamente. Respiré profundamente y también me acomodé un poco mejor, como quien ve turbado su descanso, ligeramente, pero sin llegar a despertar. Fingí seguir perdida entre mis sueños mientras recuerdo la pasión que se desbordó unas horas antes. Él se detuvo unos segundos: Los necesarios para asegurarse, imagino, que yo seguía dormida. Pero, ¿quién no se despierta cuando le tocan? Más aún si cabe, si se duerme una en la cama de un desconocido.
Mi corazón se aceleraba y sus manos descendían, tibias y casi calladas, sobre mi muslo. Mi estado interior era inversamente proporcional a lo que se podía intuirse desde el exterior. Eso sí, supongo que se daría cuenta de lo húmeda que me hallaba ya a esas alturas. Y apenas había comenzado a tocarme. Tomé una bocanada de aire en forma de gemido cuando sus dedos separaron mis labios y uno de aquéllos, con su yema, presionó mi clítoris, estremeciéndome y renovando mis suspiros en un profundo gemido. Él sabía que no podía estar dormida. Profundizó aquella caricia, aquel gesto que se humedeció con mis vapores mientras yo separaba sutilmente mis muslos. Me sentía en un sopor, mezcla entre la ensoñación y la relajación que se apoderaba de mi cuerpo a pesar de aquella situación en la que él ya paraba menos cuidado.

Supongo que la luz que ya entraba en el cuarto favorecía su deleite. La visión de sus propios movimientos y los efectos que en mí producían. Mis ojos permanecían cerrados y mi cuerpo, abandonado a los preludios. Sentí la retirada de la sábana, rápidamente, sin vacilaciones ni dilación alguna. Tiró de mí para acomodarme, para situarme a su antojo. Abrió mis piernas y se acomodó entre ellas, inclinándose sobre mí para dejar su rostro sobre el mío.
Aquel beso me supo a gloria, a gloria de Pecado. Sus palabras sonaron pegadas a mi oreja, penetrando como en un susurro hasta mis adentros, tanto que humedecieron más mis entrañas:

- Sé que no estás dormida… -Y respiró profundamente, como inhalándome.

Un escalofrío me recorrió entera. Mis manos se apoyaron en sus caderas. Luego, en la curvatura de su culo: prieto, duro… Y podía percibir la erección de su polla sobre el monte de Venus.
Su lengua recorrió aquella distancia entre mi oreja y mis labios. Allí se posaron pasando de una caricia seca a una húmeda, que me atravesó cualquier inconsciencia. Me comió la boca como con las ansías de un principiante, y su lengua perforó mi aliento. 



Sus manos sobre mis pechos: Amasándolos, presionando sobre mis pezones para enderezarlos todavía más; irguiéndolos con la mayor de las sensibilidades posibles.
De nuevo su boca retomó su tarea cuando, entre los labios, tomó mis pezones, primero uno, luego en otro. Centrado el trabajo en uno, el otro se veía usurpado por las yemas de sus dedos o por aquel pequeño estallido que, como si jugara con una canica, lanzaba con sus dedos; tirando de ellos hacia él, con labios, con dientes, con dedos…, con las ganas de saberlos suyos.
Y no dejaba de sentir la erección de su miembro usurpando, sin penetrar, los labios en la tangente de mis piernas. Golpeaba en sus embistes, de arriba y abajo, la sublevación de mi clítoris…
¿Qué podía hacer yo? Retorcerme de gusto, morderme los labios con cada acometida de placer, dejarme sumisa ante sus gestos, ante las ampollas que levantaban bajo su lengua y los requiebros de sus dedos.
Y abandonados mis pechos y arrodillado él entre mis piernas, sus manos se extendieron hacía mi vientre y hacia mi sexo. Lo arañó, lo apretó como si quisiera extraerme todo de él; lo palpó, lo abrió… Disfrutaba de la crecida de mis labios, de la insipiencia de mi clítoris: mojado, brillante, viscoso. 

Mi estremecimiento en aquel beso… Y en el que siguió. Y cuando tiró de mis labios henchidos, atrayéndolos, succionándolos con la delicadeza que las ganas permiten, que la excitación calibra; hasta dejarlos regresar por su propia vivencia para luego mancillarlos a golpes de lengua. Esculpió un camino a base de saliva y aliento hasta hallar el orificio en el que usurpar su vacío.
Mis ojos ya no podían seguir cerrados. Mi cuerpo había abandonado la quietud fingida. Arqueaba mi espalda como si ese acto amansara las sensaciones. Mi boca se abría y podía percibir el estallido de mis sentidos retumbando en mi cabeza.
Mis piernas prensaban su cabeza entre ellas y él luchó por separarlas, lográndolo sin más esfuerzo que el de una hoja vencida a la llamada del viento.
Mis gemidos se oían en toda la estancia, los exabruptos de mi garganta de seguro penetraron en sus oídos. No podía menos que dejarme vencer al poder de su fuerza, de su boca. Agitarme y temblar. Apoyarme en la cama con ambas manos y con los pies. Hinchar mi pecho y tomar el aire como si fuera la última bocanada antes de expirar…
Tengo la sensación de haberme convertido en aquel momento en una mujer poseída por los siete demonios mientras éstos jugaban en aquelarre con mis sentidos y con mi cuerpo.
Y él, Tristán, como si fuera el ángel custodio que otorga un pequeño deseo, me concedió un poco de libertad: la que me permitió moverme aquel corto espacio de tiempo, sin dejar de sentir la presión de sus dedos o de su lengua mojando más mi ya aporreado sexo.

Su fuerza se comulgó con mi energía. Sus ganas, con mis ansias en un deseo de poseernos en aquella cruenta lucha. Nuestros cuerpos, cuales bestias asalvajadas, se batían posesos entre las telas buscando ganar la mejor posición, aquélla que diera un movimiento de ventaja. Y un poco de aquéllo y un poco de esto otro, un poco de perseverancia, un poco de actitud… Y yo podía llevar las de ganar más cuando él se sumió al borde de la rendición. 
Y ese fue mi momento, el momento en el que me convertí en la vestal mujer que, aún sin lengua bífida, se retorció hasta poder atacar su sexo. Primero lo agarré con las manos, con las dos,como si tuviera que controlar su pericia. Su grosor y su largura, acabada en un glande sonrosado; la marca de alguna vena y sus henchidos testículos de testosterona sin un pelo alrededor.
Todo quedó preso entre la blancura de mis miembros, e, incluso tiré de su pene sin brete. Luego, de golpe, como si fuera la presa y yo la cazadora ansiosa, lo engullí por completo, haciendo que Tristán soltase por aquella boca gemidos y bufidos que acompañó golpeando el colchón con las palmas de sus manos, que arqueara su cuerpo, que lo volará hasta cogerme la cabeza y acompañar mis movimientos en aquel cobijo. Pude notar las pulsaciones y la altivez de su miembro mientras lo inundaba de saliva y se ahogaba en mi garganta en tanto intentaba no ahogarme yo. Culpa mía por mi avaricia y por mi soberbia, y por la gula para satisfacerme. Y en la envoltura de mis pecados, la dura lucha por refrenar el orgasmo que aporreaba la puerta con el franco propósito de derribarla.
Y en esa pelea en la que perdí mi norte por unos segundos, aprovechó él mi torpeza, mi incuria, mi descuido, mi ligereza para devolverme la tortura con la voracidad de su boca y la habilidad de sus dedos, sin dejar resquicio sin explorar: Vuelta y vuelta. Por delante y por detrás hasta dejarme sin aliento. De nada sirvieron mis revueltas. Era una muñeca entre sus brazos, enredada en su cuerpo… Irracionalmente. Sin tregua. Sin bandera blanca.
Perdida entre estertores, sin saber cómo, supongo que con las últimas fuerzas del quien no se da por vencido, hice de su polla la estaca que se clavó en mi boca.
Como el soldado de trincheras aprieta los dientes para sujetar el puñal que le puede salvar la vida, sentí mis temblores y los suyos, aquéllos iniciales que dieron paso a la calidez e incandescencia de su jugo derramado en la dormidera de mi garganta.
 
A punto de languidecerse, jadeante, retomó la furia antes de que su sexo se debilitara y, colocándome a cuatro patas y palmotear mis glúteos, sin respiro, entró hasta el fondo de mis entrañas mientras yo ahogaba mis gemidos en el sabor de su hombría. Sus empentones, la fuerza empleada, mis ganas ya descontroladas hicieron que aquel orgasmo contenido a duras penas explotase como quien deja abierta la corriente de un grifo, capaz de inundar cualquier llanura, cualquier cumbre…, cualquier templanza… Porque yo me deshice en un espasmo extendido de pies a cabeza… porque Tristán sabe cómo darme.

Me sentí derrotada y vencida. En mí se veían sus heridas y en él, el reflejo consciente de nuestros sexos derramados y abochornados.
Buscó mi mano, a tientas sobre la tenue humedad de las sábanas: sudores de nuestros cuerpos y restos de nuestra batalla. Y el resuello nos indicaba que había sido justa.

Nuestra primera noche juntos. Nunca había llegado tan lejos en una primera cita. Mi casa, en el rellano de abajo. Los recuerdos de otros polvos entre esas cuatro paredes, la pérdida de mi virginidad en un trío…
Y a mi lado, un tipo que apenas conocía, con los prejuicios en la medida justa y un volcán entre las piernas presto para abrasarme.

Y a rey muerto, rey puesto.

15 comentarios:

  1. Muy buen aperitivo leyendote cielo. Un beso

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    1. Gracias. Espero que lo hayas disfrutado.
      Besos de Pecado.

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  2. Wawwww quién fuera tu rey. No pierdes el tiempo, no

    A tus PIES

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    1. A veces me lo tomo con calma... Y sí, intento no perderlo y disfrutarlo.
      Besos de Pecado, Gude.

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    1. Hola, Che. Bienvenido a mi hogar. Espero que hayas disfrutado de tu estancia y te invito a venir siempre que lo desees.
      Y sí, momentos que pueden repetirse.
      Besos de Pecado.

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  4. Uffff me ha gustado mucho, eres una artista con las palabras, abandonandonos en tus fantasías, mostrándonos esos deseo más ocultos....
    Bss

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    1. Me gusta verte "bufar"... Eso implica muchas cosas.
      Gracias por todo cuanto dices porque tú, en tu casa, no te quedas corto.
      Pendiente mi visita.
      Besos de Pecado.

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  5. Me gusta como narras, como describes la batalla en la que ambos ganan . en las que los cuerpos se funden piel con piel.. sin nada mas que el placer de la entrega ..

    un beso y sip elegí el día jajaja... para ser YO muuakks

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    1. Me alegro de que tus días sean tuyos. No hay mejor manera de celebrarlos :-)
      Y de esto se trata aquí, de ser cada uno como es: fundirse piel con piel o alma con alma. Da igual. Lo importante es el goce de hacerlo.
      Besos de Pecado.

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  6. madre mia, cada vezs que vengo a leerte salgo igual, que calores por dios, esa forma de fundirse de gozarse es lo mejor que hay y tu lo describes y lo plasmas de un modo que nos dejas siempre lelitos leyendote

    besotes preciosa y feliz año nuevo

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    1. No puedo evitar sonreírme.
      Estos calores son buenos, niña...y, si al final, nos quedamos como si hubiéramos visto a un ángel... pues que nos dé aire con sus alas.
      Besos de Pecado.
      Gracias.

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  7. Volver a tu casa es siempre satisfactorio. Una explosión para los sentidos. Un estallido en el cielo del paladar de mi boca.

    Maravilloso relato.

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    1. Muchas gracias, Carlos. Lo cierto es que verte de nuevo por aquí me satisface.
      "Estallido de cielo en el paladar de mi boca"... ¿Qué puedo decir? Mas solo puedo callar.
      Besos de Pecado.

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  8. A cada vez que vengo acá, más me encanto....
    Con tus palabras, con tus expressiones que hablan de tristeza de pérdidas, por veces de la alegría del reencuentro... de un nuevo encuentro....
    Besos de pecado, a cada día que pasa tus letras crecen más...
    Y además muy cierta.. a rey muerto rey puesto....
    La cola camina....
    Besos de pecadito.... llenados de cariño!!!

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Ver y sentir siempre es pecar... Y me encanta que lo hagas.

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El Beso del Pecado

El Beso del Pecado
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.