Si el placer es Pecado, yo vivo en la Gloria del Infierno.

Pecado es todo aquello prohibidamente placentero:

El Tacto del Pecado

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Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

martes, 11 de julio de 2017

Piel del diablo... (II)

Antes...

Te doblo ligeramente sobre la butaca, con las manos en la misma posición que antes, pero ahora tu culo, delicioso y expuesto. 

- Quiero que mires en el espejo lo que voy a hacer… 

Te aparto delicadamente el pelo para que puedas ver, no solo mis intenciones, que las intuyes y sabes, si no cada dulce tortura para disfrute de ambos.

- Las manos en su sitio, querida…

Saco del cajón aún abierto una navaja. Sé cuánto te imponen estas cosas así que sabes que lo hago con mucho cuidado. Te noto esa ligera tensión pero mis caricias sobre el interior de tus muslos, apaciguan junto al tono de mi voz. Voy cortando la tela de las braguitas. Es una pena. Tan transparentes, tan rojas, tan bonitas… Tan delicadas pero es parte del juego, rudo pero muy efectista. Percibes el frío acero contra tu nalga y oyes el rasgarse de la tela. Se te corta el aire pero una nalgada te alerta e indica. Ambos glúteos los quiero al descubierto. Respetaré el corpiño y tus medias…


Me dirijo a tu oído de nuevo. 

- Ahora, cariño quiero que pienses en cuanta humedad hará falta para mis juegos… 

Empapada. Esa es la meta. 
Pero antes una ayuda que quizá venga bien. Oyes la cremallera de mi pantalón junto a tu oreja y saco mi verga expectante. Las primeras gotas de humedad ya están lubricando bien el glande. Te ordeno que saques la punta de la lengua. Vas a pasearla justo por ahí. Pero quiero que huelas cómo el semen de tu animal favorito está esperándote. 
Polla adentro. 

Mientras lo haces, un manotazo en la nalga te aguijonea. No lo has visto venir y te hace abrir la boca un poco. 
Te volteo para dejarte caer sobre la butaca. Ahora es el turno de las abrazaderas en tus muñecas. Te amarraré a la butaca. Tu pecho sigue con un ritmo de respiración alto. Eso me gusta. Atenta siempre a los pasos de tu Lobo. 

Coloco un cojín sobre tus riñones y una cuerda alrededor de la argolla del separador. Eso me permite levantare las piernas sobre tu cabeza con tu culo casi fuera del asiento, expuesta y deseosa. 
El cajón tiene más cosas dentro, entre ellas, un bote de aceite con el que voy untando poco a poco tus muslos y tus nalgas. Me incorporo. Puedes verlo todo en el espejo. Te muestro la ristra de bolas. Sabes que tendrá su premio… Y tú, también. El mío habrá que posponerlo hasta que acabemos. Puedes ver cómo se endurece más mi verga con estos pensamientos...


Te abro las piernas, acaricio tu abierta hendidura rosada y carnosa con mis dedos, separando cada una de sus piezas. Arrimo mi nariz para oler el perfume de hembra. Mi Hembra. 
Eres manjar de dioses, querida. 
Y te doy la primera lamida larga de adelante a atrás. De nuevo los gemidos. Esa música de sinfonía "heroica" que enaltece mis ganas. Mi erección duele, cariño, en cuerpo y alma. Saboreo todo lo que me vas regalando a cada paso de mi lengua y tus manos intentan escapar de los amarres. 
Mala fortuna que uno de ellos cede. Quizá no estuviera lo suficientemente ajustado. Escapa esa mano y aprietas mi cabeza pidiendo que me deshaga en ti. En ese momento arañas de nuevo mi cara. Será una cicatriz de la batalla que llevaré a gala. Pero sé lo que te gusta. Meto tu clítoris entre mis dientes y mi lengua. Lo succiono con fuerza. Comienzan tus espasmos de locura transitoria. 

Confieso que me cuesta. Está muy húmedo pero cuando ya está como yo quiero, dejo tu vulva preparada para el fin del castigo. Hay una intensa mancha de humedad sobre la butaca. Ha resbalado por tu estrecho culito también. Para eso están las piernas en alto, pequeña. Te miro. Me relamo y me laten las entrañas al sentir tu sabor en mi boca. Reclamo estas ganas locas e inacabables de ti.

Confieso también que a veces me gusta apartarte los labios y dejar el clítoris más expuesto. Lo miro como si se tratase de una pequeña polla y dejo mis fantasías correr en él, imaginando cómo sería la comida perfecta sobre mi propio glande. Mis manos rebuscan furiosas por el suelo. En el fragor de la batalla, la ristra de bolas se me ha caído y no puede ser que deje la "opera viri" a medias. 
Un caballero no puede hacer esperar a una dama. Lo contrario si es lícito. 

Bajo con mi lengua hacia tu ano, introduciendo la punta un poco. Tus gemidos ya se han convertido en algo muy rítmico y reconocible. Se acerca el momento. Sigo empotrando la lengua y la saco rápido para ver cómo tu estrecho músculo se cierra de nuevo. No tiene memoria pero haré que no me olvide fácilmente. 
Trabajo me cuesta mis sudores pero estás en el punto en que deseo y es ahí cuando introduzco las bolas, contando de nuevo mentalmente hacia atrás, acompañando el hacer de mi lengua sobre tu clítoris. 

8…,7…, 6..., 5… 
Poco a poco van entrando dilatando tu aceitado y ensalivado agujero. Soy cuidadoso… Sé cómo hacer. Al acabar de entrar una, paro un poco hasta que se vuelve a cerrar. 
Mmmm... Esto es ya imparable. Mi mente descarga todas las endorfinas posibles, deparándome un chute impresionante. 


Tu mano libre aprieta mi cabeza, agarra mi pelo, tira de mi oreja y, finalmente, me clavas de nuevo las uñas en la espalda, provocándome un placer desmedido… Sabes qué es lo que me vuelve loco y te gusta hacerme incluso daño. Luego me escocerá pero es divina la sensación de sentirte la furia. 

4…,3...,2…,1. 
Con la última esfera entrando tu jadeo es continuo y temo que hiperventiles. He de controlarte esto. Estás dando el pistoletazo de salida a tu orgasmo con una intensa convulsión entre tus piernas. 

Ya sabes lo oral que soy, cariño. Lo quiero todo en mi boca: Tus estertores, tu palpitante e hinchado clítoris, tus jugos desatados… y las esferas llenando tu otro orificio alarga el delicioso orgasmo en mis fauces. Tu Lobo está herido de muerte en este momento, víctima de una “petite mort” que ya no tiene vuelta atrás. 

Mi mano no tiembla ni un ápice aunque mi cuerpo está estremecido de sensaciones. Saco una de las esferas para ver dilatarse tu ano de nuevo. Deseo, quiero, preciso prolongar el orgasmo. 
Me incorporo y coloco mi glande sobre tu vulva aún convulsionante. Coincide con el instante en que tu mano de rojas uñas va a posarse en mi escroto, clavando de nuevo tus garras de fiera vengativa. 

- Lo estaba deseando, cariño. 

Ahora sí. Es mi momento. No cabe más y dejo una abundante y espesa corrida encajada entre tus piernas. Busco tu boca para que tu lengua acaricie la mía. 
Los besos post coitales son una de mis debilidades, corazón… Y tuya. Sé cuándo deseas la plenitud de gestos dulces después de los violentos y desencadenar aquellos en otros más rudos. Los suspiros alargados van saliendo uno a uno de mi boca trémula. 
Mi corazón se pega al tuyo, aún con lo incómodo de tu postura me acaricias la cara. 

Envuelto en sudor, te dejo con mi espeso regalo aún tibio mientras te voy desatando, acompañando el descenso de tus piernas entumecidas y masajeándolas suavemente. Toca descansar. Te miro complacido y vuelvo a besarte. Hago el beso largo. Lo necesitas. Lo deseo. 

- No tardo… Espera aquí… Relájate, vida. 

Toca el cuidado. No puedo descuidarte. Escuchas el sonido del agua cayendo en la bañera. Percibes tu aroma favorito de las sales y me sonríes al regresar. Te noto vencida. Estás agotada. 
Vuelvo a besarte. Te cojo en brazos para llevarte hasta el baño. Nos bañaremos juntos, querida, y te podré enjabonar esas tetas preciosas, con esa rosada areola, esas que tanto placer me han deparado hoy. 
Te tumbaré sobre mi pecho y quizá hablemos o, quizá, solo nos oigamos respirar entre caricias.


Gracias por la inspiración.

lunes, 10 de julio de 2017




Comulgué en la Misericordia de Tus Ojos , 
enclavada como una María Magdalena…




lunes, 3 de julio de 2017

Piel del diablo... (I)

Llego pronto a casa, sumido en mis pensamientos. El trabajo absorbe mucho tiempo pero me gusta llegar al remanso de la paz de casa. Hay algo hipnótico y sedante en los sonidos que voy haciendo al entrar: Girar la llave, dirigirme a la cocina, preparar una bebida, o, quizá dos; echar el hielo en el vaso, con ese tintineo sobre el cristal, verter el licor… Encaminarme al dormitorio, abrir el armario, todo cuidadosamente puesto, cuidadosamente estudiado. 


Me siento y me miro en el espejo del armario. Me sumo de nuevo en mis pensamientos y espero. Solo un momento después oigo tus llaves, cómo entras con parsimonia. Depositas en la entradita tus cosas, cuelgas el bolso… Con la puerta entreabierta puedo verte. Pero tú no reparas en mí… 

Harta de vestido ceñido, tacones con pateo incluido de ciudad e ir a dejar los niños al cole, te quitas el primero nada más entrar y lo dejas tirado. Te sientas en la butaca. Llevas puesto el corpiño rojo y las medias y, por supuesto, los tacones. Hay algo muy sensual en ver tu pelo rizado cayendo sobre los hombros mientras lo haces. 

Comienzas a quitarte el resto… pero oyes un tintineo en el dormitorio. De repente la piel de tu nuca se eriza. Lo sé. No contabas con eso, con esa presencia. Entrecierras los ojos y aspiras profundamente... Sí, es mi perfume. 
Con andar lento te diriges hacia la habitación en penumbra. 

- Hola… -Me dices. Y solo eso. Yo no digo nada, solo asiento con la cabeza y te muestro una leve sonrisa. Más bien una pequeña mueca.


Te diriges hacia mí. Solo con las medias, el corpiño rojo y esas braguitas de encaje totalmente transparentes. Respiro profundamente. Verte es para mí desearte. 
Te gusta ir así por la calle. El vestido muy decente, elegante y sexy si ha el caso pero debajo, la piel del diablo. Alguna vez me has confesado que te gusta sentirte puta en espera de mi regreso, o quién sabe, solo por sentirte hembra lujuriosa (y puta). Y a mí, sabes que eso me pone y mucho. Lo admiro de ti. 
Yo sigo con mi copa en la mano, tintineando el hielo... 

Te acercas sin dejar de mirarme y te sientas a horcajadas sobre una de mis piernas. Sin decir nada, desabrochas los primeros botones de mi camisa blanca y pasas tus manos por mi pecho. Tu pelo ha caído sobre la cara. Bajo tus manos hasta los brazos de la butaca. Los posas allí y empiezas a mover tu pelvis rítmicamente. 
A veces eres así. Te propones usar mi pierna y, simplemente, lo haces. 

Mientras vas haciendo esto, paso mis manos, aún frías del vaso, por tu mentón. Acaricio tu pelo y después paso el dorso de los dedos por tu pecho hasta llegar al filo de encaje del sujetador del corpiño. Dejo un pezón al descubierto, cuidando de que solo este sobresalga por encima de la blonda. Luego le toca el turno al otro. Aún no están erectos… y eso no me gusta. 
Dirijo mis dedos al vaso. 
Tú sigues con el movimiento de pelvis. 
Saco un cubito de hielo y empiezo a ponerlo sobre tu cuello. Notas el frío calarte y cómo las gotas que se forman resbalan frías por tu pecho… 
Una..., dos…, 
tres gotas van cayendo ayudadas por tu movimiento. Tus manos siguen aferradas al apoyabrazos de la butaca. Tu respiración va en aumento, y ahora le toca el turno al otro lado del cuello. Más gotas resbalan, mojando tu pecho. Voy viendo cómo poco a poco esos pezones rosados van tomando la forma deseada. Se muestran tirantes, ante mis ojos y mi tacto, con esa areola que queda por encima de tu sujetador, húmeda del agua fría.

Me incorporo para pasarte la lengua a uno de ellos. Subo un poco más hasta posarme junto a tu oído:

- Es hora de que busques algo que quieras que use… Ya sabes… Abre el cajón y puede que encuentres algo nuevo… 

Sigues con la cabeza gacha, con el pelo sobre tus ojos. Sueltas una mano y abres el cajón que siempre está bajo llave. Ahí está. Una ristra de bolas metálicas, anchas, brillantes en extremo, pulidas… Todas para ti. 

Tu corazón se acelera más. Los pezones ya quieren salir de su sitio. Te presiona el encaje que los va enervando más… y más. Coges la ristra y la depositas en mi regazo. Tus manos vuelven a donde estaban, pero dejas el cajón abierto, con el resto de los juguetes bien a la vista. 
Bajo de tu pelo rizado hay una mirada de previsión, de picardía extrema y todo eso mientras tu pecho está empapado… ante el delirio de mis ojos y las ganas de disfrutar contigo. 

Dejo caer un azote en tus tetas preciosas. Me encanta verlas cómo se mueven impertinentes, con el encaje rozando de nuevo los sensibles pezones en esa areola tan sensual. La descarga de adrenalina no se hace esperar y súbitamente echas tu cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Un suspiro profundo exhala de tu garganta. Me lo bebo. Es el punto justo donde te quería. 

La suave erección ya es palpable en mí. 
Vuelvo a depositar mi boca en uno de los pezones, masajeando y haciendo círculos con la lengua. Tu carne me hace sentir como un Hannibal Lecter, y al final muerdo y tiro... 
Mmmm... 
Otra descarga de adrenalina acompañada de un suspiro hondo. Y esta vez se juntan el tuyo y el mío.

Sigo el juego y la tortura, alternando un pecho y otro. Creo que al final podría quedarme aquí toda la vida, entre tus pechos, acariciando el corpiño rojo y jugando con el delicado encaje de la parte posterior de tus braguitas de encaje. 
Cuento mentalmente cada bocado, cada suspiro, mientras tus manos se están aferrando a la butaca.

En un momento, una de ellas se toma la libertad de agarrar fuertemente mi cuello y dejar las uñas clavarse sobre él.



Es el aguijonazo mortal de mi dama. Siento la descarga por detrás del cuello hasta la base de mi espalda y mi escroto. Sigo diciendo que eres la piel del diablo. Nunca sé quién juega con quién. Quién posee o es poseído. 

Al llegar al final de la cuenta atrás, te tumbo sobre mis piernas extendidas y te dejo caer ligeramente al suelo. Me incorporo y te cojo del pelo.  Es hora de levantarse.

lunes, 26 de junio de 2017

Heráclitos...


Siento el calor que me sube por dentro,
extenuando mi respiración 
cuando la tuya tiembla

entre mis piernas.

Tus manos hacen sucumbir mis pechos
a la erección que producen tus yemas
en ese baile en espiral.

La Pasión se enhebra entre tus deseos y mis ansias,
en el perfil curvo que nace entre tus ingles.
Densa la saliva que fluye de mi boca
que arrebata tu aliento y consume la carne.

Dibujas líneas,
de arriba abajo,
de lado a lado…
Un círculo 
sobre ese cónclave sonrosado,
elevado,
pleno de sensaciones húmedas.
diluidas y profanadas,
resucitadas 
en el verso de tu boca.


martes, 13 de junio de 2017

Resonancia...

Lleno la boca con mis dedos imitando el pulso de tu hombría, mecida entre mis dientes y mi aliento, golpeada contra el paladar, mientras mi otra mano vuela libre sobre mi cuerpo, haciendo crecer a su paso estas ganas de sentirte atrapado en mí (aunque no estés presente). 


Lamo mis yemas. Cierro los ojos y mis gemidos chocan contra mi carne (tu carne) mientras mis piernas se abren al rugido de tu aliento, etéreo pero que me quema, y mi mano libre vuela sobre mi monte que brama salvaje, ansioso, dispuesto… pero mis pezones reclaman como corderos a punto de ser degollados. 

Bajo por mi cuello dejando mi boca huérfana. Mis pechos erguidos detienen la bajada. Palpo, tiento como si no pudiera hacer otra cosa. La palma acaricia mis pequeñas cumbres que se erigen como dos clavos ardiendo. Se hacen presas de mis dedos, de su furia, de su avidez, de ese hambre que pienso es tan tuyo como mío…

Mis pliegues se abren a mis dedos. Mi perla tiembla y se yergue. La sepulto bajo mi mando, dibujando círculos sobre ella, yendo de arriba abajo, hurgando, removiendo las entrañas, sacando la esencia que impregna mis dedos y que se densa pensando en tu lengua, en ese híbrido entre demonio y dios que me hace enloquecer, que me hace poner de rodillas para suplicar tu no rendición, entregándote la lascivia húmeda de mi carne, orando y maldiciendo tu no presencia ahí… 

Mi cuerpo se erige. Hundo mi rostro sobre la sábana. Los dedos, dos, tres, horadan mi húmeda oscuridad. Mi garganta traga saliva entre las letras de tu nombre… Enmudezco mordiendo la tela mientras aprieto mis entrañas para sentir(Te), para no dejarme ir ya…  

Como un deseo hecho realidad, como de la nada, apareces ahí, sin darme cuenta, hasta que tu aliento me quema y tu lengua acompaña a los movimientos de mi mano. Grito… y gimo… O gimo y grito…, envuelta en tus embates, en tu saliva… Cruelmente, te detienes. Me apartas. Tiras de mí.



Tus manos aprietan mi carne, amasan mis glúteos, palmean. Resuena como un chasquido, como una pequeña tempestad que me empapa toda… pero no me dejas. Me dominas. Me impides en mi libertad. Y me embistes, duro, erguido, rudo, salvaje… Con la medida justa tomas a la Hembra esperando se haga jirones de placer. Cabalgas no en ella, en mí, abriéndome, follándome hasta el alma, esa alma que se hace víscera y fuego, que engendra más placer del que se pueda imaginar…, asiéndome las manos a modo de riendas, de timón de mando, desbocándome, emergiéndome a la deriva de todas estas sensaciones que me hacen temblar... como a ti…




Me llenas de ti y tú te empapas de mí. Te bañas en el caudal tibio, a presión, que te hace arremeter con más fuerza mientras mi cuerpo se vence. Mi espalda es un arco donde te destensas, donde, fiera, te vuelves manso.

Abro los ojos. Me miras. Tu esfinge está sudada. Tu cuerpo todavía late agitado. Tu boca sedienta pide mis labios. El abrazo nos cobija…
La tormenta se sosiega después de haber descargado su furia, sus truenos y rayos como maldiciones de dioses que se han vuelto mortales… y sus cuerpos... Nuestros cuerpos, sentimientos y sensaciones en resonancia.

lunes, 5 de junio de 2017

Hechizo de Sierpe...


Seamos Sierpes aclamadas en este Veneno de fuego, donde nos quemamos las ganas, ardemos en Deseo. Nos bebemos los Vientos de arena que nos galopan sobre la piel, de las lluvias densas de las bocas unidas y de las lenguas trémulas. 

Hazme lienzo en carne donde pinceles con las yemas de tus dedos, cinceles con tu boca besos que me hagan ser enredadera en ti, agua desbordada que te colme… 
Sé para mí cada uno de los velos que me descubran, cada pensamiento de Pecado que crezca bendecido en cada caricia densa de tu cuerpo enhebrado en mi ser como hilo rojo que borde arabescos más allá de los sentidos, de los placeres… 

Déjame hipnotizarte y hechizarte como esa serpiente del paraíso ante la que no puedas negarte…


martes, 30 de mayo de 2017

PeccatoFilia...


Me declaro súbdita de tu Pecado. 
El Mío. 
Acólita desgarrada de tu Filia. 
Mi Delirio. 
De cada verso de tu saliva, 
de cada brida de tu mente. 
Mi calima. 

Codicio, 
en el latido de mi boca, 
el vibrar de tu ser; 
la carne de tu hechura,
cada hebra de espuma que de ti tilde.
Pergamino expuesto sobre la desnudez de mis Sentidos. 

Pecado de Sierpe Somos 
en esta enredadera de pieles y sudores. 
Ebrios, ajumados y dipsómanos 
deleitémonos de esta Perversidad de SerNos. 

domingo, 28 de mayo de 2017

Plétora y Raudal...

Con la sonrisa de mi infierno 
puedo volar hasta alcanzar (Tu) Cielo...
Segmento plateado de mis manos
alumbrando el suelo
en mi voluntad abierta.

Expuesta,
me muestro
a la Intención
de Tu Libre Albedrío.

Ciega mi luminaria 
en los velos brunos
de Tus Pensamientos. 
Enhiestos los pulsos.
Los sentidos sin ajorcas,
avivados en su plétora.

Ebria la razón.
Legítima la Entrega.
Raudal soy.
Tuyo... Tuya.


lunes, 15 de mayo de 2017

Anuda-Dos...

Llegar a casa después de una dura jornada la hacía sentir reconfortada. Era un punto y aparte.
Aún no se había bajado de los tacones cuando el móvil sonó en su bolso. Respiró hondo. No deseaba llamadas de esas que solía hacerle el jefe fuera de horas porque si era así, no se la cogería pero se sintió aliviada al reconocer que se trataba de un mensaje.
Era de Él. 
Respiró hondo. Se habían visto a la hora de comer y no habían pasado cuatro horas mas gustaban de saberse, de estarse y serse...

- Espérame…

Así de escueto. Así de simple. Así de claro. No eran necesarias más palabras. Esa tenía su propia connotación y su margen de tiempo.
Sabía que tenía el justo así que empezó a prepararse sin dilación.

Como si de un ceremonial se tratara lo hizo. Los gestos estaban perfectamente definidos, y las pautas intachablemente precisadas.
Regia en sus formas y constante en su actitud, había aprendido a madurar sus impulsos y a digerir mejor su paciencia.
                                                                  
En la planta superior estaba el salón de juegos, el Templo. Lo dispuso todo, asegurándose de que estuviera en orden.
Como en un altar, ella sería al tiempo, la adorada y la ofrenda.
Ofrenda para Él pero, también, para sí misma.
Había aprendido a esperar, a adoptar las posturas adecuadas para aguantar el tiempo necesario y recibirLe en total entrega a pesar de los momentos transcurridos.


Respiraba hondo buscando la calma, y aguardaba arrodillada sobre un gran y mullido cojín, frente a una silla vacía. En sus manos, a modo de voto, el pañuelo de seda.

No hacía demasiado Él la había involucrado en el arte de atar. Algo sencillo de entrada para experimentar unas sensaciones impensables hasta ese momento en su piel y en su mente. Él le transmitía, la hacía sentir, y ambos caminaban juntos en ese sendero ante un infinito horizonte.

Pacientemente, Le tejería una tela de araña en la que quedaría presa, devorada por el arte de Quien sabe, de Quien confía, de por Quien se entregaba a ojos cerrados, a mente abierta, a pecho latente…, con el alma acariciada.
Por el Arte de la Mano de su Hombre.

Sonrió al oír Sus pasos subiendo la escalera.
Percibía el recorrido de su propia sangre por las venas, la excitación dilatándose desde sus pensamientos hasta la punta de los dedos de sus pies. Un estremecimiento de pasión, de deseo, de Amor.
Y el sonido de los pasos más cerca, el aroma a madera y ámbar de su perfume, penetrándola.

Una caricia en la mejilla. Lenta, acompasada…, erizando su piel y sus instintos. La elevación del rostro para verse nombrada en la mirada masculina. Y su cuerpo tintineaba como las llamas de las velas que iluminaban la estancia por la emoción y paz que Él le transmitía, sabiendo que esas mismas sensaciones, aunque las callara, se las producía a Quien enfrente tenía. Unas palabras, unos besos de esos que derriban cualquier muralla, unas caricias de las que enervan la piel… que Ella sentía en lo más profundo de su ser.



Las lianas se convertían en nudos de serpientes con la parsimonia de una ceremonia ancestral, deslizándose sobre su piel, midiéndola, hipnotizando sus sentidos…, dejando que Él se recreara en la magia de ese momento... 

miércoles, 10 de mayo de 2017

No solo Tú...

Me gustan los pequeños detalles que pueden hacer un momento eterno. Además, Él sabe que me gusta tener iniciativa. Por lo que preparé minuciosamente todo el ritual para agasajarlo. Me incliné por lo más sencillo: Una cena en su restaurante favorito: Discreto, elegante, de diseño minimalista y donde Él está bien “considerado”.
Recuerdo una de nuestras primeras veces y la complicidad entre Él y el maître. Aquellas miradas y gestos eran de dos personas que se conocían bien por lo que deduje que aquello había sucedido alguna otra vez.

Me encargué de elegirLe la ropa que más acorde iba a la ocasión y la que más Le gustaba: Su camisa blanca, impecable e inmaculada; su pantalón de raya diplomática; sus calcetines y sus zapatos brillantes, colocados a los pies de la cama; su cinturón, enrollado, y, de igual modo, su foulard. Me encanta cómo se maneja con los pañuelos. Le da un toque informal que me vuelve loca. Y la americana y el chaleco, prenda imprescindible en Él, colgados de una percha en la manilla del armario ropero.

Tenía tiempo y necesitaba relajarme. Llené la bañera y me sumergí.  Enseguida me vino a la mente una visión de Él. PensarLe y relajarme son dos acciones contrapuestas. No puedo evitar tener la sensación de que me toca o me susurra, o que el agua es Sus Manos Maestras. Siempre que me acaricio en su ausencia, logre o no llegar al clímax, recuerdo aquella ocasión, ingenua yo, en la que se me ocurrió hacerlo y contárselo después, como algo gracioso, como algo que le podría gustar. Sí, le gustó pero “no puedes hacerlo sin Mi permiso”, me dijo. Aquello me cabreó muchísimo pero no tanto como me excitó.

Me gusta estar perfecta para Él. Por dentro y por fuera.

Desnuda, caminé hasta el dormitorio. Me senté sobre la cama donde estaba mi ropa interior –negra porque Le gusta- extendida junto a la Suya. Me pasé mi braguita y escuché la llave. Se aceleró mi pecho. Me alcé sobre los zapatos y fui a recibirLe.


Mi sonrisa ocultaba no solo mi inquietud por la sorpresa sino, también, mis ganas continuas de Él. Me quedé de pie. Manos a la espalda y esa mirada complaciente fija en Él.

Sentí Su Mano en mi mejilla y luego en mi mentón, elevando mi rostro para poder asentar Su Mirada en la mía.
Me traspasa su intensidad, ese matiz verdusco del marrón de Sus Ojos. Unió Sus Labios a los míos y penetró mi boca con Su Lengua, recorriéndola en su totalidad. Me muero cuando me besa así, con esa violencia que casi me adormece la boca. Hace que tiemble entera, que desee que no termine jamás. Y cuando me abraza utilizando ese gesto casi seco, de un “ven aquí” pegándome a Su Cuerpo para sentirLe, me derrito. Es mi vicio. Es algo casi delirante.

- Mi gata…Mi leona… -musitó, pasando Su Brazo alrededor de mi cintura, aupándome y así pude susurrarLe mi ronroneo, mi maullido. Sé que eso Le pone a mil. Y es lo que yo necesitaba de Él.
- Tengo una sorpresa para Ti –le dije.
- ¿Sí? ¿De qué se trata? –me preguntó mientras Le ayudaba a quitarse la americana.
- Ven –Le tomé de la mano para llegar hasta la habitación- He pensado que podríamos salir a cenar, si a Ti te parece bien.
- Me parece una idea estupenda.
- Gracias –le sonreí.
-¿Me ayudas? –Parecía una pregunta pero no lo era. Hizo ademán de desabotonarse la camisa. Y así procedí mientras quería saber más de mi idea. Le conté todo menos mi sorpresa.

Cuando tuve que deshacerme de su ropa interior empecé a estremecerme más. Sé que Su Sexo es mi locura. No estaba erguido del todo pero se notaba cierta excitación. Le miré, buscando su consentimiento. Afirmó con un gesto y me situé a sus pies, dejando mi cara a la altura de Sus Caderas. Comencé a acariciárselo, despacio, sin dejar de mirarLe, como sé que Le gusta; hasta que logré poner Su Miembro erecto y firme. Lo percibí creciendo entre mis manos mientras ya salivaba para recibirlo en mi boca. Lo elevé entre besos y lamidas… Cada lengüetazo iba rítmico a su respiración, al movimiento leve de Su Cuerpo sin llegar a embestirme pero apurando la entrada, induciéndome.

 Y era así cómo yo alcanzaría mi premio de aquella tarde.




Me mantuvo la cara sujetándome la barbilla mientras calentaba su pene. Hizo ramal de mi melena y me aproximó a Él con fuerza. Su Balano se hizo sitio entre mis labios hasta que todo el tronco tomó la profundidad de mi garganta. Es repentinamente agónica esa sensación de arcada que me suele costar controlar cuando Su Gesto es tan directo. Afiancé mis manos en Su Trasero y empezó a bombear en el interior de la boca mientras me decía esas palabras que venidas de Él suenan excitantes, deliciosas…, como un rugido.
Mi boca exudaba una densa saliva. Notaba el lagrimeo de mis ojos mezclándose con mi saliva. Su Carne se hacía invasora de mi cavidad sin piedad alguna. La mantenía dentro, ahogándome el aire, soltando suave para volver a irrumpir.
Arreciaba su movimiento y el sentimiento reflejado en Su Cara, el placer que emergía en jadeos, el apretar de Sus Dientes en cada embate, la fuerza de Su amarre… y yo, entregada, de rodillas ante Él, entre sus piernas, disfrutando de la profanación de mi boca, del gusto de Él como la mansa hembra que se Le da plenamente a la que no da tiempo a pensar, solo a actuar de forma instintiva, primitiva.

Sí, soy Su gata, Su puta leona… Y me encanta serlo. Me hace digna de ese apelativo. Me hace Única pues a nadie llamó así. Gata cuando quiere jugar. Leona cuando somos dos titanes en plena lucha de deseo. La misma hembra en Sus Manos. La misma mujer. La misma esencia que se moldea a Su Voluntad sin dejar de ser propia.

Mi premio ya es Él pero siempre hay un aliciente más.
Se apartó de golpe. Se inclinó y me besó a boca abierta, dándome el aire que me faltaba, compartiendo nuestras salivas. Me levantó con energía y me inclinó sobre la cama. Unas palmadas sonoras en mi trasero. Alerta, mujer.

- Te voy a follar como me gusta –roncó a mi oído mientras tiraba de mí, obligándome a arquear la espalda. Prendió de mi braga, metiéndomela como una correa entre mis labios mojados. Me echó lo brazos hacia la espalda y me sujetó fuerte de la muñecas.  Un par de palmadas más-. ¡Levanta el culo, joder!



Me penetró decididamente, empezando a moverse sobre mi cuerpo entregado, agitándolo el son de Sus embates. Podía escuchar el sonido de las pieles en fricción, sus quejidos de empuje, ese eco de mi trasero recibiendo su acometida. Estaba salvaje, rudo, egoísta, y lo deseaba así en esta ocasión. Me sentía usada y eso provocaba en mí una excitación extra.
Mi interior parecía explotar.  Sabía que Él aún aguantaría un poco pero yo estaba ya al límite.

- ¡Córrete, vamos, hazlo! –reclamó sin dejar de taladrarme. Me había soltado las manos. Notaba las Suyas apretando mis nalgas, cacheteándolas… Amasando, tomando fuerza de combate hasta que me vertí. No por eso amainó su gesto. Empezó a bombear todavía más, mientras yo pensaba que no terminaría de correrme.
Volvió a sorprenderme. De nuevo se apartó. Me cogió con nervio y me postró de rodillas en el suelo. Tomó Su Polla entre las manos, y sabía que se venía.

Su bálsamo derramado sobre mí, en cada parte de mi cuerpo, a modo de bautizo, de bendición. Rellenar mi boca hasta explosionar… Intentar no perder ni una gota. Relamerme de gusto y rugir sin dejar de mirarLe. ArañarLe la piel y saber que Su Mano se estamparía en la  mía.

El carmín de mis labios se perdió en Su Miembro, dejándolo marcado. Y Su Simiente se convirtió en el manjar más delicado del día. Nada mejor que oírLe gemir guturalmente mientras pronuncia mi nombre. Nada más agradable que compartir un beso blanco, fruto del deseo de ambos. O sentir la usurpación de Su Lengua en cada recoveco de mi boca, reventando en mis dientes mientras su germen se diluye entre nuestras lenguas.

Se arrodilló frente a mí y me abrazó con la misma ternura que rudeza había empleado en follarme. Me sentí tranquila, agotada y reventada, pero cuidada. Él es así. Los dos jadeantes, con Su Sabor en la boca, con Su Semen escurriéndome, tocándonos a los dos… pero qué importaba. Era, es, algo nuestro.
Sentir su calor, sentirme entre sus brazos, acunada en ellos mientras mi aliento se recupera, mientras la fiebre de mi sexo y de mi piel se calma, mientras mi temple se recompone… Esa sensación es maravillosa. No puedo menos que darle las Gracias.

- Vamos a ducharnos, cielo… Y luego a cenar.

Aproveché que seguía en la ducha y me contaba no sé qué para regresar al dormitorio.
Había comprado un vibrador de esos de control remoto inalámbrico. Le entregaría este en el momento de subirnos al coche. Pasaría inadvertido entre las llaves... Aunque eso, a Él, sé que le daría igual. Es un canalla y lo sabe. Aquella vez que me dijo que si no sabía que era un Dominante iba a comprobarlo…
Metido en mis entrañas y con el mando en su poder, podría delirar en cualquier momento, ponerme a maullar como una felina en celo. Arañar la mesa como una leona rabiosa. ¡Diez velocidades! ¡Qué locura! Y seguro que  Él sabría regocijarse en ello.
Me puse el huevo vibrador. Respiré hondo y me sentí muy nerviosa. Antes y después de la follada.

Le ayudé a vestirse. Después, simplemente, Él observó cómo lo hice yo, paso a paso… Sin perder detalle sobre mí. Sabiéndolo, me recreé en cada movimiento. Sé que Le excita, que disfruta... Y le doy lo que quiere... y quiero.



Me tomó de la mano y no me soltó ni cuando salimos de casa. En el ascensor fue tierno. Jugaba con mis dedos entre los suyos. Se acercaba, me besaba en la mejilla. Tiraba de mí y llevaba mi brazo sobre mi espalda para pegarme contra su pecho. Besaba mis labios con su sonrisa... y dibujaba la mía.

Cuando llegamos al coche, antes de entrar, mientras Él me mantenía la puerta del vehículo abierta para que yo me metiera, le entregué el mando.

- ¿Qué es?
- Una pequeña sorpresa. Ábrelo y lo sabrás- sonreí. Quería ver su cara y esperar su aceptación.
- Mi puta leona –dijo suave pero al tiempo con tono profundo. Tomó mi rostro entre Sus Manos y me besó. Primero en la frente. Luego en la mejilla y, sin despegar sus labios de mi piel, llegó a mi boca-. Gracias, cielo... Tenemos toda la noche. Primero un cóctel, luego la cena… No solo tú tienes planes... 

Le delataba aquella media sonrisa.
Temblé...

Atrás...


domingo, 30 de abril de 2017

Exŏdus...






Sentir mis pechos clavados en los surcos de tu boca, 
acariciados por el alba de tus dientes, 

gimiendo

entre hálitos de saliva y exŏdus de suspiros 
que se arrecian en mi garganta.


Tu cuerpo, 
lanza invencible en este momento, 
traviesa germinada de carne y deseo, 
de firmeza regia, 
embiste sin tamiz las ebrias raíces de mis entrañas.

Fecundan ahí  las lascivias 
de tus pulsiones, 
las mensuras de mis humedades,
de los pensamientos plenos de lujuria  
clamando hambre, 
asaltando sed.

Brama cada poro de este tapiz bordado 
por agujas de piel, 
cosido con hilo exaltado, 

Maña alevosía arrancada 
al trote de titánide desbocada,
al rezumo de Titán asalvajado..

Exŏdus...
Orgasmo.








viernes, 21 de abril de 2017

ExactiTúd...

Respiré tan hondo que quedé expuesta. 
Abierta en carne. 
Rendida a Sus Deseos, 
a la acción de Sus Rictus. 

Mi mirada se elevó hacia Sus Ojos. 
Su Cielo. 
Mi Credo. 
Volé.
Libre.

Sus Palabras quedas se destilaron en Su Boca. 
Pendieron en ríos de Gloria al cauce de la mía. 
Silencios golpearon mi mente. 
Azotaron mi piel resquicios de Voluntad. 
Y en la cima de la cruz, 
Su Exactitud. 
Mi entrega. 
Mi concesión.


martes, 18 de abril de 2017

Felina Azul...



Me había adormilado en el sofá y, al despertar, mi corazón latía a mil. Aquella taquicardia me alertó. Miré a mi alrededor y no Le vi. El silencio reinaba en la casa. Afuera, la nieve no dejaba de caer. Los cristales estaban casi totalmente empañados.
Me acerqué hasta la ventana. Contemplé el paisaje y recordé que, en esa misma posición en la que ahora me encontraba, la noche anterior, Él me abrazaba y podía ver nuestros cuerpos reflejados en el cristal. Me estremecí al sentir la realidad de ese momento.

Su respiración pegada a mi cuello. El perfume de su piel embriagándome entera. Sus manos, desde las mías, despacio, ascendiendo por mis brazos hasta el cuello; cruzando sus brazos por debajo de mi pecho, diciéndome cosas bonitas que me erizaban la piel… Mi cuerpo temblaba entre sus brazos como en este mismo instante. Podría pegarme el día entero pensando en Él, recreando cada una de sus palabras, la emoción que me produce su presencia, la sensibilidad con la que me habla… Y ese “eres Mía” cuando se convierte en quién lo controla todo. Y, entonces, yo, mujer tan fuerte como sensible, me convierto en ese ser que se deshace en sus manos, que adquiere el papel de su deseo en carne y hueso… Y de mi aliento surgen, irremediablemente, suspiros de hembra felina: “Mmmmiauuuuuu!
Maullido de leona azul. Su leona. Mansa unas veces. Salvaje, las otras.

Y mi ser, convencido como mi mente, de a quién pertenezco, se curva: los brazos delante, apoyándome en las palmas de las manos; mis piernas, apoyadas sobre las rodillas… Mis pasos, taimados, y mi mirada fija en los ojos de quien domina mi mente en esos momentos. Mi cuerpo entero contoneándose como hembra mimosa, sedienta de caricias, se encamina hacia Él, quien me aguarda, me espera, tan deseoso o más que yo, seguro de Sí Mismo, con el arte del imperio en su mirada. No es necesario que diga nada. Sé lo que tengo qué hacer. Sé lo que espera de mí.

Un escalofrío recorrió mi piel. Me dolían los pechos y la erección de mis pezones producían una sensación placentera. Mi sexo se contraía. Podía notar cierta humedad palpitando entre mis labios y unas tremendas ganas de sentirme poseída y consentida, en esa mortificación y desesperación a la que es capaz de llevarme el hombre al que amo. Sí, reconozco que me hace grande, más de lo que soy ya por mí misma.
Me siento libre en toda la extensión de la palabra, con la capacidad de ser y sentir, de estar y en mi "despertenencia" soy más yo y más Él.


Retrocedí sobre mis pasos. Mis pies descalzos percibían la tibieza del suelo de madera. La falda de mi vestido azul se agitaba sobre mis muslos. Mis brazos y mis hombros quedaban cubiertos por aquella chaquetilla de angora de suave tono azulado. Le busqué. Busqué al hombre que me protegía y Le hallé en el estudio. Estaba ensimismado en sus cosas, repasando documentación relativa a su trabajo. Estaba tranquilo. Me gusta. Le amo. Le deseo. Le observé desde el quicio de la puerta, sonriendo.
Mi Señor levantó la vista. Me sonrió y le correspondí. Comencé a caminar hacia Él, bordeando la mesa. Apoyé mis manos sobre sus hombros. Respiré profundamente, para emborracharme de Él. Bajé mis manos sobre su pecho, por encima de su impecable camisa blanca.

Él siempre es elegante e impecable en gestos y en percha. Me gusta acercarme a su vestidor y pasar la mano por sus camisas perfectamente colgadas por colores: blanco, rosado, azul, morados… Rayas, cuadros. Sus cinturones: enrollados en el cajón. Sus corbatas. Sus fulares. Sus trajes de corte italiano: de rayas diplomáticas, en negro, en gris marengo…, de ojo de perdiz, de cuadritos Vichy... Y al otro lado, la ropa de verano.
Todo huele a Él.
Todo es Él.

No hubo palabras entre nosotros. Besé su mejilla, busqué el lóbulo de su oreja derecha… Le musité Su Nombre y le rugí suave, lánguida pero crecida, insinuante pero tímida… Y Él, aparentemente, impasible, Dueño de la situación.
Me separé. Lo justo para poder girar la silla y quedar frente a frente. No dejé de mirarLe y no dejé de ser correspondida con la profundidad de su mirada. Su rostro serio, marcando una distancia ficticia pero necesaria. Mi corazón latía fuerte y mi respiración parecía entrecortarse. Sus ojos me inquietaban y el dibujo de su boca me daba la calma que necesitaba.


Me apartó, y tomándome de la mano llegamos hasta el sofá. Ahí se se sentó con las manos apoyadas en Sus Piernas; y yo, delante de Él. Sabía que tenía que desnudarme y hacerlo despacio mientras me observaba, en silencio, sin dejar de mirarnos. Me arrodillé a Sus Pies. Lo hice despacio como si mis movimientos estuvieran estudiados. Más bien innatos. Seguía manteniendo mi mirada en Él aunque, en ocasiones, era una lucha por conservar la compostura. Sentada sobre mis pantorrillas, coloqué mis manos sobre mis muslos. Mi Señor extendió el brazo y con Su Mano acarició mi mejilla. Primero con la palma hasta el mentón. Luego, con el reverso de sus dedos hasta mis labios, separándolos suavemente. Instintivamente, ellos correspondieron a su contacto, y besaron Su Piel. Me incliné protegiéndome en su cuerpo pero como si me diera paz.

Al retirar el gesto, pasaron los segundos necesarios para que tomara mi propia iniciativa. Pasé mis manos por sus piernas, lentamente, hasta llegar a los pies. Deshice la lazada de los cordones de uno de sus zapatos. Despacio, pausadamente…, dejando el accesorio a mi derecha. Hice lo mismo con el otro, con el mismo ritmo. Después los calcetines, negros como los zapatos. Masajeé Sus Pies, dedo por dedo, subiendo por el empeine hasta los tobillos. En realidad, no eran masajes, eran sencillas caricias.

Le volví a mirar y Él me esperaba. Me estiré, permaneciendo con las rodillas clavadas al suelo. Botón a botón, descubrí la piel de su pecho: suave, tibia, sin apenas vello… Sobre su pecho mis dedos parpadeaban. Arriba…, Abajo… Como de norte a sur y de este a oeste, en cruz conversa e inversa.
El cinturón: Una pequeña traba de la que me deshice. El botón del pantalón y la cremallera.

Volví a mirarLe. Busqué Su Sexo bajo la ropa que le quedaba. Lo palpé, lo excite y lo besé... Y emergió erguido, erecto… Un manjar para mis manos, para mis labios y boca, para cada trinchera de mi (su) cuerpo. Con mi mirada le pedí ayuda para poder desnudarLe. Levantó las caderas y le quité la ropa, dejándolo solo con la camisa. Mis uñas, dócilmente, rasparon su piel desde los muslos hasta debajo de las rodillas y retrocediendo sobre su camino hasta que mis manos se encontraron con su miembro. Lo atrapé entre ellas, delicadamente, como si tuviera entre mis dedos la flor más delicada. Ascendí sobre su tronco… Descendí de retorno hasta que mis labios se vencieron sobre Él, como un manantial para calmar mi sed.

Me tomó fuerte del pelo, dejando mi rostro a la altura del suyo. Se acercó a mi labios. Noté la punta de su lengua abriendo mi boca... Su saliva entrar en ella, invadiéndome, haciéndome tragar. Su mano libre sujetando el cuello. Una ligera presión notando mis músculos. Me apartó en un gesto rápido, enérgico, llevando mi cabeza a su entrepierna. Se clavó en mí, atravesando mi garganta, provocando un momentáneo ahogamiento. Él medía el tiempo y mi aire. Mi lagrimeo se contundió con mi saliva aya el roce regio de su mano libre contra mi mejilla me puso en alerta, como el azote a una montura para que arreara más.

  

Mis labios entre abiertos, reverberados sobre el bálano caliente, descendían por el tronco hasta la base, sintiéndolo palpitar y crecer en mi boca mientras mi sexo se cristalizaba de fluidos. Camino de descenso complementado con el de ascenso. Repetido en pautas fielmente aprendidas hasta mi desesperación, hasta que mis ansias se edificaban en gemidos, susurros y respiración inconexa. Y es así como a Él le gusta tenerme: A sus expensas, bajo su control… Mojada, suplicante…

Sus palabras, aún sin decirlas, repicaban en mi mente como en mi sexo, incitándome a entregarme todavía más, a implorar, a ser solícita a sus peticiones y reclamos silentes. A horcajadas sobre sus caderas, me balanceaba sobre la cumbre de su sexo, rozando el mío, abriendo mis labios bañados de la esencia que afloraba de mis adentros. Movimientos lentos y consentidos, golpes densos en el vértice de mis ingles. Empuñadura de Su Hombría buscando mi placer antes que el mío, envainada en mis entrañas, ardientes como las brasas de un infierno, el infierno en el que me consumía, que me exasperaba, luchando con uñas y dientes ante su bravura: la que me golpeaba y aceleraba, la que me renunciaba…

- ¡Vamos, mi reina, vamos! Demuéstrame que tú sí sabes… Demuéstrame quién eres…


Sus Manos apretando mis nalgas, elevándolas, clavando los dedos, buscando el centro, mientras como cuchillo en membrillo, me invadía, izando las caderas ante mis hincadas. Mi cuerpo temblaba cual el de yegua desbocada, asida de los pechos hinchados por el deseo y sublimados mis pezones en las yemas maestras de Sus Dedos. Mi boca seca, su respiración entregada, Su Cuerpo entero… Mi razón perdida.

El éxtasis llegaba y me pedía más y más.
Sus palmadas en mis piernas, su incursión en mi ano…
La mujer saltando sobre sus piernas, atrapada en esa codicia, en esa voracidad y en ese egoísmo de ser tan Suya como mío es Él.
Me hallaba perdida en esa hecatombe de sensaciones que me llevan a ser solo de Él, a cumplir Sus Deseos sin que sea necesario que los revele… porque yo soy Su Hembra, la hembra que Él ha elegido, a la que enseña y engrandece, a la que se entrega, a la que mima, a la que cuida, a la que salvaguarda y protege… A la que respeta, por la que muere en su falta de proclama…
Sí, esa soy yo, la única para Mi Señor.
Él es Mi Dueño. Es Él mi sustento, el aire que respiro...

Vencida en mis espasmos, llena de Él, sobrepasada de Su Esencia en los poros de mi piel, en el centro de mis entrañas y “contraentrañas“; plena de Él en cuerpo y alma, fui mujer derribada en el suelo pero protegida en el calor de Su Cuerpo, sosegada en y con el tacto de Sus Besos; con y en la ternura de Su Mirada; en y con la calma de Sus Palabras…

- Y eres Mía… Me perteneces. Soy Tu Dueño… pero tú lo eres todo para Mí.

En mi boca el estallido de Su Beso: Denso y profundo, delicado y entregado… hasta el final.

domingo, 9 de abril de 2017

Mi rezo, mi plegaria...




De mis rosas, mil espinas
dibujadas en el cielo de Tu Hambre.
Deseo ensalzado desde las cumbres de mis gozos.
Viento dorado de espigas agrías.
Hiel abisal en lo velos de mis aristas
concome la carne de mi duelo.
Soliloquio entre mis lágrimas.
Versos en Verbo.
María Magdalena
Hembra entregada.
Mujer blasfema me llamarán.



Abro mis brazos.
Alas redimidas a la luz de las sombras.
Elevo mis palmas.
Me acojo a Tu Luz
como Peregrina de Tus Anhelos,
consentida de Tus Deseos.
Sierva y Ánima de Tus Voluntades.

Y rezo
Plena de Ti:

Señor, moldéame con Tu criterio,
a Tu Condición,
respetando en mí la Esencia de serme,
la Natura de serTe.

Enséñame a dar los frutos que Tú prefieres
y no los que a mí me apetecen
mas en Ti confío y de Ti aprendo.

Hazme crecer en tu Amor
y en este sentimiento de humildad
pues mi vida es un destino irremediable.
De Tus Pasos.
De los míos.
Engendra en mí
la Plétora de Tu Sabiduría,
del atino de Tu Dominio(s).
Hazme Tierra fecunda de Tus Haceres,
del  Sentir Postrado de tu Benevolencia,
de la Lujuria delicada de Tu Ternura,
de la salvaje penitencia de mi cuerpo
en la clemencia de Tus Actos.



Emerges ante mí
como Único entre los únicos,
Digno entre los dignos.
Paradigma elevado desde los ósculos tallados
en saliva y sangre,
en el dilacerar de Tu Sentido
en la constancia libre
de mi carne,
de mi mente,
de mi alma.

A Ti mi voz alzo,
tenue en mi plegaria,
canto agradecido a Mi Señor,
porque gozo y soy
en Tu Carne,
en Tu Mente,
en Tu Alma…

Señor.



Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.

Bajo esta serpiente que abraza hallarás todas las PECAMINOSAS IMÁGENES que nos concede el Pecado.
Deja que su Tacto encarne las pupilas de tus ojos.

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Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

Te acercarás despacio a mi espalda para hallarme bajo la sábana...

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

En nombre de ti, de mí y del polvo que somos y en el polvo que echaremos. Amén.

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Traza sobre mí arabescos con tus manos y tu lengua...

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

Y marcaré sobre tu piel la señal de la putísima mujer.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.